El duelo en infertilidad. De la negación a la aceptación pasando por todo lo que haya que pasar

Hoy voy a hablarte del duelo y las emociones en infertilidad. ¿La infertilidad duele? Pues yo te diría que sí.

Los pinchazos en la barriga para ponerte la medicación molestan un poco pero no duelen.

Lo que duele es la incapacidad de tener hijos en la intimidad de tu hogar como la gente ‘normal’.

Duele perder esta intimidad para conseguir lo que se supone una función natural de tu cuerpo. Y es doloroso, y mucho, pensar que es posible que lo intentes y no lo consigas.

Podemos desmontar estas creencias que duelen porque la realidad es que cada vez es más normal recurrir a tratamientos de reproducción asistida y que la mayoría de personas que recurren a ellos e insisten, acaban logrando ser padres. Aun así, duele. Por mucho que lo racionalices, hay un momento de plantarte en frente de todos tus miedos y de la tristeza de un posible final no muy feliz, y ese momento duele. La buena noticia es que es un momento. Puede ser un momento de dos días, dos meses o dos años. Pero si te dejas sentirlo y vas avanzando, pasa.

Si prefieres ver un vídeo en el que lo explico más gráficamente, pincha en la imagen.

Las personas con infertilidad sufren una pérdida, la pérdida de su capacidad reproductiva natural y, por ello, han de pasar el duelo por esta pérdida para irse ajustando emocionalmente al proceso de reproducción asistida.

Entre el 25% y el 65% de los pacientes sometidos a tratamientos de reproducción asistida registran en algún momento síntomas clínicos como ansiedad, depresión, desesperanza, culpabilidad o baja autoestima, entre otros (1).

Veamos ahora las fases más comunes del duelo en infertilidad.

La primera fase ante el diagnóstico de enfermedad es el shock, la negación.

Uno no puede creerse lo que le está pasando. Me acuerdo de que yo pensaba que no sería para tanto, que nosotros nos sentíamos jóvenes, llevábamos una vida sana y más o menos nos cuidábamos, así que esto no podía ser tan serio. En esta fase se suele buscar una segunda y hasta tercera opinión porque como os digo, no te lo puedes creer o no te lo quieres creer.

Luego llega el enfado.

A mí me venía en forma de ‘no me jodas’ hacia la vida. Estaba cabreada porque nosotros somos muy majetes y buena gente (qué te voy a decir yo, jeje) y no es justo, ¡joder! Esta fase saca de mí mi peor boquita, me brotan tacos por doquier. Me indignaba que nos hubiera tocado a nosotros, como si esto fuera un castigo divino que tuviera que recaer solo en los malos de la peli. También estaba bastante enfadada con mi gine. Después de tantos años yendo religiosamente resulta que sabiendo que llevo casada varios años, ¿no es capaz de decirme que se me está pasando el arroz? Tengo amigas que sin preguntarlo se lo han dicho. Con una eco en los primeros días del ciclo pueden contar tus folículos para hacerte una idea de tu reserva. Pero bueno, a esto le voy a dedicar otra entrada que se lo merece.

En tercer lugar viene la negociación.

Aún con el enfado de lo injusto del hecho rondando, uno empieza a ajustarse a la realidad pero con condiciones. Empiezas a pensar ‘bueno, la vida ha sido puñetera conmigo en este tema porque me tendrá guardado algo bueno. A lo mejor tengo dos en uno’. Con la ilusión que me hacía a mí tener mellizos… Como yo que quería dos hermanitos seguidos, pues ya estaría todo hecho. Al fin y al cabo podría ser el plan perfecto. Yo cedo y me someto a la FIV y tú, vida, me das dos churumbeles, y a la primera, por favor. ¡Uffff, cuánta inocencia había en mis negociaciones con la vida!

En cuarto lugar, llega la tristeza (a veces precede a la negociación aunque con frecuencia se van solapando unas emociones con otras).

Aquí llega el corazón del duelo y hay que atravesarlo y permitirse sentirlo para poder trascenderlo: viene la desesperanza, el abatimiento, el dolor de ponerse en un futuro en el que no llegas a conseguir lo que más quieres en este momento. Yo recuerdo que me entristecía mucho ver familias. Las embarazadas me daban igual, aunque me consta que a muchas compañeras de infertilidad les suponía un mal trago coincidir con barrigas o carritos. Yo, en cambio,  iba por la calle y veía a cualquier familia con niños de cualquier edad y pensaba: ¿Y si yo no puedo tener familia? Y sentía un nudo en la garganta.

Aquí te comparto una entrevista que habla mucho de emociones y de duelos. Es una entrevista de bebesymas a  Helena, presidenta de la Asociación Red Nacional de Infértiles:

Entrevista a Helena: La sociedad debe saber lo que signo¡ifica querer y no poder tener hijos 

A mí me costó mucho salir de esta fase. Recuerdo perfectamente el día en que pude superar esta tristeza descomunal. Estaba en la piscina de Manzanares el Real y, de repente, vi a una pareja de unos 45 años. Me pareció que posiblemente no tenían hijos aunque no lo sé. Y me di cuenta de que aun así, se les veía felices y eran una familia, aunque estuviese formada por dos miembros. Entonces empecé a escudriñar a todos los grupos de gente de la piscina y empecé a ver familias por todas partes, familias con niños y sin niños, pero familias felices al fin y al cabo. Y me sentí afortunada de tener ya mi propia familia, de tener una persona tan buena y valiente a mi lado. Y se disolvió instantáneamente la tristeza. Y al fin vino la paz. Y la aceptación.

Al fin llega un día en el que sigues siendo infértil, sigues en tratamiento, pero ya no duele tanto. Puedes hablar de ello sin echarte a llorar, puedes ver que hay otras cosas en la vida que sí te van bien, te das cuenta que tu objetivo de tener un hijo es importante pero no lo es todo en tu vida. Y empiezas a volver a disfrutar de las cosas, a reírte a carcajadas con tu serie favorita, a apetecerte quedar con amigos o hacer viajes, o pintar o, en mi caso, cantar.

Llegó la aceptación.

Has aceptado que eres infértil y eso no quiere decir que te hayas resignado. Al revés, con las emociones mejor gestionadas gracias a la distancia de la aceptación, puedes ver con más claridad los pasos que dar para conseguir tu objetivo y dispones de más energía para recorrerlos.

Haber llegado a la aceptación no quiere decir que ya estés permanentemente en modo zen y ni sientas ni padezcas. Te seguirá doliendo un negativo o una baja respuesta, seguirás estando ansiosa en algún momento durante la betaespera, te cabrearás con alguna espera o te entristecerá algún malentendido con tu pareja o alguien cercano. La diferencia radica en que podrás habitar estas emociones sin apegarte a ellas porque conseguir ser madre o padre ya no será tu obsesión y el requisito imprescindible para ser feliz. Será tu proyecto de futuro por el que lucharás aún sabiendo que la vida puede negártelo o dártelo pero sin dudar de que tú vas a hacer lo que esté en tus manos para ponérselo fácil.

Y más allá de la aceptación, hay personas que pueden llegar a experimentar resiliencia.

La resiliencia es la capacidad de salir fortalecidos ante la adversidad. Yo soy consciente de que la infertilidad me ha ayudado mucho a desarrollar mi paciencia que es una de mis grandes lecciones. Me ha enseñado a priorizar, a comunicarme mejor con mi pareja, me ha ayudado a conocerme mejor a mi misma y, en definitiva, creo que me ha hecho mejor persona. No quiero decir que necesitara la infertilidad para crecer por dentro. Quiero decir que ya que he tenido que pasar por ello, he tratado de superarlo lo mejor posible con la ayuda que he ido necesitando en cada momento y ahora me doy cuenta de que soy más fuerte, más empática y más segura gracias a cómo he decidido afrontarla. Aquí te cuento más lecciones que he aprendido en este camino.

FIV: Fabricado con Ilusión y Valor

Estas fases no siempre se producen en este orden ni hay que pasar por todas.

De hecho, puede que por alguna de ellas pases varias veces aunque creas que la tenías superada. Este camino de la infertilidad es a veces muy largo y da para experimentar varios duelos consecutivos o instantáneos o un duelo dentro de otro duelo…

Lo importante es no quedarse atascado en alguna emoción para que pueda ir resolviéndose el duelo, dejarse ayudar si se nos hace muy cuesta arriba y ser capaces de llegar a la aceptación lo antes posible.

¿En qué fase estás tú? ¿Reconoces que has pasado ya por varias de estas emociones? ¿Te permites sentirlas y darlas su espacio?

 

“En ese tiempo, en el que soñé, luché y caminé con prisa, se me olvidó en algún momento vivir el presente. Y de ahora en adelante, podré seguir soñando, luchando y caminando con ligereza, pero aprendí que no quiero perder ni un solo segundo de mis siguientes presentes”– Marian Cisterna

 

1: Guía de evaluación, consejo, apoyo e intervención psicológica en Reproducción Asistida, elaborada por el Grupo de Interés en Psicología de la Sociedad Española de Fertilidad (SEF)

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