La historia de Vane

Mi historia con final feliz: Iratxe y Arianna

 

Vane empezó siendo una compañera de grupo de WhatsApp del mismo hospital en el que yo hacía tratamiento.  ¡Y resultó acabar siendo mi vecina de al lado! Y también mi amiga. Es todo terreno, como sus chico. y sus niñas, claro. De tal palo… Esta mañana acabo de desayunar con ella y sus princesas de rizos de oro y quiero compartiros la historia que me pasó hace unos meses contando sus periplos en este camino hacia la maternidad, doble en este caso. Aún conociendo la historia, no pude reprimir las lágrimas al leerla. Aviso que es periodista y esta historia va a ser más larga que otras, jeje, pero merece la pena leerla.

 

Nos casamos en julio de 2012. Estaba deseando tener un bebé y en febrero había dejado de fumar y había dejado las anticonceptivas. Tenía que estar preparada. Nos fuimos de luna de miel días después y mi marido se negó a tener relaciones “hasta llegar a Miami, no te vayas a quedar embarazada y viajar así en avión”. Ilusos de nosotros. La primera regla post boda dolió, recuerdo que lloré porque me hacía ilusión haberme quedado embarazada en un crucero en alta mar. Los siguientes meses fueron pasando, soy bastante prisas pero intenté mantener la calma. Algo me decía que la cosa no iba bien. Mi marido, que años atrás se había hecho un seminograma y le habían dicho que no andaba muy sobrado pero podía tener hijos sin problema, vino un día y me dijo que por qué no íbamos a repetirlo.

Fuimos y le atendió un urólogo de unos 70 años que le dijo que el esperma estaba fatal, que nos mandaba a fertilidad.  Como teníamos un seguro fuimos a pedir cita a la misma Fundación Jiménez Díaz, donde nos había atendido el urólogo, y nos dieron para ¡la semana siguiente! De repente se nos vino todo encima, pruebas, resultados, todo está bien, vamos a probar con IA. La doctora que nos atendió, Acevedo, nos dijo que el seminograma estaba bien, que no entendía al urólogo pero le echamos una pequeña mentira y le dijimos que llevábamos un año buscando.  Ella se iba de vacaciones y nos remitió al doctor Rubio para la inseminación. Primera IA, nada. Fue la primera vez que fui al psicólogo para intentar entender por qué eso me estaba pasando a mi. Segunda IA, negativa. Fue la más dura, ya tenía claro que no iba a funcionar. Tercer IA, ya con la doctora Acevedo, negativa.

Nos vamos a FIV. No pasa nada, el porcentaje de éxito es mayor, las pruebas están bien, quizás sea que la pared de los óvulos es dura y los espermatozoides no pueden atravesarla, pasa a veces. Eso es lo que nos dice. Primera FIV, un desastre. Un mes pinchándome, ciclo largo, me sacan tres óvulos, fecundan dos pero el día de la transferencia solo queda uno, el otro estaba muy mal. Se lo había contado a todo el mundo, a mi familia, amigos de toda la vida, a mis amigas de la facultad. Error. Me baja la regla diez días después de la transferencia, fue el peor día de mi vida, nunca lo olvidaré, era martes. No me lo esperaba y fue un batacazo, nadie me había dicho que podía pasar. Me hago la beta y me llama la doctora Acevedo, justo cuando estoy en una barca del Retiro porque mi marido el pobre ha decidido que pasemos el día en el Teleférico y el Retiro para que sea menos duro. Me dice que lo intentaremos de nuevo, le digo que mi seguro solo me da un intento y me dice que no me preocupe, que ella va a intentar pedir la autorización para un nuevo ciclo.

Vamos a ver a la doctora y me dice que el resultado ha sido muy malo, que puedo tener un problema de reserva. Vamos a probar con otra medicación, mi seguro le ha firmado la autorización. Mientras he vuelto a buscar ayuda, voy a terapia. La jefa de la clínica me busca una psicóloga apropiada para mi problema, se llama María. Durante semanas voy a verla mientras espero la regla, me pincho, le voy contando mis resultados. Cojo el autobús y mientras voy y vuelvo de su consulta pienso en todo lo que me está pasando. Esta vez decidimos no contar nada a nadie, a nadie. Los resultados son mejores desde el principio, se ven más óvulos, me los sacan, son 10. De ellos, 8 maduros, fecundan 6, ¡tenemos 6 embriones!.

En la transferencia la doctora Acevedo me dice que está muy contenta. Tengo dos A, como ella los llama “pata negra” y tres B “tres ibéricos” y un C. Me ponen los dos A, los B los congelan. La espera vuelve a ser una pesadilla, sobre todo porque sé que me puede bajar la regla. El mismo día post transferencia que la vez anterior me viene el mismo dolor fuerte de regla. Estoy currando y no sé dónde meterme. Voy al baño cada diez minutos a ver si me ha bajado. Me quedo sola en la oficina currando hasta tarde y con ganas de hartarme a llorar. Llego a casa y lloro y lloro mientras mi marido me mira sin saber cómo consolarme. Me acuesto y al día siguiente estoy bien, sin regla, sin dolor. Así llego al día de la beta, miércoles. No quiero ir a hacérmela. Mi marido me obliga y desayuno con él cabreada tras hacerme el análisis. Es el día del padre. Si es positivo quiere ir a decirle a nuestros padres que serán abuelos. Me da pánico todo.

A las once y pico me llama la doctora Acevedo. Estoy en el curro, me bajo a la cocina temblando. Sus palabras: “Vanessa enhorabuena, estás embarazada”.

No me lo creo. Me dice que cree que es solo uno , beta de 200 y pico, pero que está bien agarrado, la beta es buena. Que me cita en tres semanas.  Y me pregunta si estoy bien, que si me pasa algo, que no me ve contenta. Nunca he sido tan feliz pero no me lo creo y tengo miedo. Cuelgo y viene el repartidor del agua, me dan ganas de abrazarle. En cuanto puedo me encierro en el baño y llamo a mi marido. Le digo “Feliz día del padre” y me pregunta mil veces si es verdad. Se echa a llorar y sigue llorando después de colgar. Cuando salgo viene a recogerme, nos abrazamos, nunca olvidaré ese momento.

De ahí vamos a casa de mis suegros a darles la noticia. Se quedan alucinados al principio. Luego vamos a ver a mis padres. Le digo a mi padre que mi regalo es que va a ser abuelo. Se echa a llorar. Tampoco olvidaré ese momento. Mi madre llora también. Todo va bien, en la eco vemos a nuestro bebé, el embarazo es perfecto, sin síntomas, solo felicidad. Lo recuerdo como una época en la que fue feliz cada día. En junio me dicen que es una niña, mi sueño, tener una niña. Meses después nace Iratxe, una niña preciosa que nos ha dado mil alegrías en estos cuatro años.

Parecía que iba a ser el punto final a nuestra historia pero no fue así. Quedaban embriones congelados y yo quería darle un hermano a Iratxe. Ni nos lo pensamos y cuando tenía seis meses volvimos a la consulta, ya me había dicho la doctora que si quería otro bebé tenía que ser pronto porque si no funcionaban los congelados, cuanto más joven fuera para iniciar otro ciclo FIV, mejor. Afrontamos con ilusión la nueva aventura, pensábamos que iba a ser más llevadera pero nos dejó muchos momentos de dolor. Me pusieron dos embriones, era verano y teníamos la beta el día que nos íbamos de vacaciones, ahora tampoco se lo habíamos querido contar a la familia. La doctora me llamó tarde, estábamos comiendo en un bar (que desde ese día no me gustó pisar hasta mucho tiempo después). Negativo. Tristeza pero había que disfrutar de las vacaciones con Iratxe. En septiembre pusimos el embrión que quedaba, también negativo.

Decidimos cambiar de aires y probar en otro sitio, Minifiv, algo más barato y solo necesitábamos un embrión bueno. Me pusieron dos, uno más o menos bueno, otro regular. Recuerdo la espera como una tortura, una cena de Navidad con los compañeros de trabajo en la que solo pensaba en huir, me dolía la tripa, iba al baño todo el rato, en cuanto pude cogí un taxi y me fui a casa. Y otra comida con los compis esperando la llamada el día de la beta, negativo, y más ganas de llorar mientras trabajaba. Pero decidimos seguir adelante, vuelta a la Fundación, otra FIV con la doctora Acevedo, teniendo que pedir dinero prestado porque se nos acaban los recursos tras tanto tratamiento. Y comprando la carísima medicación a una chica que le había sobrado. Otra vez a pincharse, buscar mil escusas para ir a la punción sin que se enteren en el trabajo y otra betaespera. Estas betaesperas complicadas porque ya estaba Iratxe y no quería cogerla, pasé noches en casa de mis padres e incluso llegué a irme al pueblo con ellos un fin de semana para que me ayudaran.

Sacaron menos que la primera vez, un A, un B, un C y un D. Nos desilusionamos algo al principio pero la doctora nos dijo que con el A y el B íbamos bien. Le dije que no congelara pronto los otros, que los dejara a ver, que no quería pasar por otra espera de congelados si no eran bueno. Y nada, no aguantaron. Y la beta volvió a ser negativa. Impotencia, sensación de que esto es algo que no se puede controlar, por más que luches, por más tiempo y dinero que emplees. Pero no íbamos a darnos por vencidos. Era el mes de abril de 2017 y decidimos esperar unos meses, darnos un margen, disfrutar de unas super vacaciones con Iratxe y volver a sentarnos a hablar en septiembre. Yo quería volver a intentarlo pero mi chico decía de ir directos a ovodonación.

Intenté cambiar el chip pero sin dejarlo del todo, me apunté al gimnasio y pensé comprar cosas que me habían comentado que mejoraban la fertilidad. Traté de comprar Dhea, a veces ponen problemas para poder adquirirla en España, en Andorra pero me pidieron receta cuando les mandé el correo. Encontré finalmente una web donde pude comprar lo que me hacía falta: Melatonina, Vitamina C y Dhea. 71 euros. Y empecé a tomarlo todo. Reservamos las super vacaciones: Camping en Navarra, Francia, pueblos y una semana todo incluido en Lanzarote. Iratxe iba a montar en avión por primera vez. Disfrutamos mucho de la primera parte del viaje, intentando no pensar en el tema bebé, nos bañamos, bebimos, disfrutamos de nuestra niña. También fuimos a mi pueblo con mi familia y de ahí al de Quique. Me empecé a encontrar rara, de repente, a sentir dolor de estómago y me tiré varias noches con insomnio. Además la regla no me bajaba pero me habían comentado que los potingues que estaba tomando alteran los ciclos. Tomé varios días Almax y me compré unas infusiones por si eran gases pero nada. Así que decidí ir al médico, que había uno en el pueblo de al lado.

Nos acercamos un 20 de julio, un día antes de nuestro aniversario, recuerdo que justo después de levantarme de la siesta, estaba agotada por el insomnio pero tampoco pude dormir. Me miraron y a priori el estómago estaba bien, quizás algo que había comido o los gases. Y a Quique se le ocurrió decir que tenía un retraso en la regla. Le dije que sí pero que no podía quedarme embarazada porque era infértil. La doctora me miró sorprendida, me dio un test de embarazo y me dijo que fuera al baño a hacérmelo. Mientras, luego me contó Quique, le preguntó que por qué decía que era infértil, y le contó un poco lo que nos pasaba. Me hice el test y se lo di a un enfermero. Y en unos minutos me dijo las palabras mágicas que nunca pensé volver a escuchar: “Es positivo, lo que te pasa es que estás embarazada”. Nos pusimos a llorar. Era imposible. Me dio mi test y un informe donde lo ponía claramente. Volvimos el pueblo y le di el informe a mi suegra. Flipó. Luego llamé a mi madre llorando. Iratxe se despertó de la siesta y se lo contamos, la pobre no debió entender nada, tenía solo 20 meses. Decidimos cancelar el viaje a Lanzarote, ya iríamos los cuatro juntos en otra ocasión si esto salía bien, no nos podíamos arriesgar. Al día siguiente nos fuimos a Laguardia, sorpresa de aniversario de Quique. En el camino creo que fuimos todo el rato sonriendo, cada uno pensando lo que nos estaba pasando.

Pero el miedo seguía ahí, volvimos y fuimos a Madrid, yo quería hacerme una beta. La doctora que me la mandó me dijo que no hacía falta, que si el test era positivo. Le dije, controladora yo, que necesitaba saber la cifra para tener claro si el embarazo iba bien o no. Me la hizo y volvimos al pueblo. Entré mil veces en la web a ver si estaba el resultado. Entre unas cosas y otras ya estaba de más de cinco semanas. Hasta que salió, casi 8000 de beta, perfecta. Eso ya nos tranquilizó más y pedimos cita para la eco dos semanas después. Más miedo, temblores de piernas antes de entrar a la consulta. Y ahí estaba, nuestro bichito latiendo con fuerza, le escuchamos, estaba bien de tamaño, todo en orden. La verdad, todo fue calma y alegría en el embarazo, yo seguía con miedo, no podía creer que todo fuera a salir bien ¡un embarazo natural! ¿pero no tenía que ponerme progesterona? ¿entonces como iba a seguir enganchado? La historia no tenía nada que ver con la del anterior embarazo, a día de hoy creo que he tenido la suerte de poder pasar por ambas cosas aunque ha sido un camino muy duro.

A las 12 semanas ya nos dijeron que parecía una niña y poco después nos lo confirmaron. Todos los indicadores de riesgo salieron bajísimos, más incluso que con Iratxe. Solo nos alteró que en los últimos meses no crecía mucho pero no le pasaba nada, todo parecía en orden. En la 39+1 me desperté a media noche con contracciones, aunque el día anterior había ido a monitores y me dijeron que estaba muy verde. Nos fuimos al hospital y me dejaron allí porque ya había dilatado. A las 15:45 nació Arianna con algo menos de tres kilos. Otra niña preciosa. En unos días cumple dos años y desde el principio hemos sabido por qué ese embrión agarró, por qué fue ella y no otro. Su carácter, su intensidad que nos desborda continuamente, no podía ser de otra forma, tenía que ser ella, era la pieza que le faltaba al puzzle. Todo ha sido complicado en estos primeros años con dos niñas tan pequeñas pero nos hacen muy felices, todo lo que sufrimos acabó dando su fruto.

 

 

 

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